Memorias de Yastar

Ya declinaba el segundo sol en Yastar, cuando una brillante figura montada a caballo se acercó a Ochar, una magnífica torre formada de árboles y construida por los umeek para dar asilo a todas las razas de Yastar que luchaban contra el maligno poder de los baldur, espectros abandonados y olvidados sedientos de sangre y de los medo ‘enk, monstruos llegados del abismo y con una puntería inigualable. En esa torre residían los umeek, árboles vivos  con miembros como troncos, una cara de corteza arbórea y poderes curativos; los zaarwan, peces terrestres, pacíficos pero agresivos en lo que se refería a su territorio y que no resistían mucho tiempo fuera del agua a causa del resecamiento; los kragnar, criaturas nacidas del volcán formados de lava y hechos de roca y los tiberius, humanos sobrenaturales rechazados por su especie a causa de sus poderes mágicos y sus transformaciones en guerreros con armaduras doradas y brillantes. Alastor era uno de esos guerreros, más bien era el jefe, y  había acudido a esa edificación arbórea para hablar con Barastar, el jefe de los umeek, sobre temas que podían desbaratar la paz que había reinado durante dos siglos en Yastar cuando los tiberius habían mandado a los baldur y a los medo ‘enk al la sima de donde había venido. Aún así, desde hacía diez años aproximadamente unos extraños temblores sacudían Yastar de cuando en cuando haciendo que las casas tiberianas se desmoronasen, las cabañas umeenkas se derribasen, los pequeños volcanes kragnaranos se abriesen por la mitad y que se hiciesen brechas en los cimientos de las ciudades marinas. Y, para colmo, cada día iba a más. Cuando Alastor llegó a la escalinata  que subía al vestíbulo se percató de que Barastar estaba junto a él. No se inmutó, pues ya conocía el extraño poder que tenía Barastar de aparecer y desaparecer a conciencia, al haber tratado con él otras veces.

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