Memorias de Yastar (4)

 Lars era el corcel más rápido de Yastar y nadie le hacía frente. Alastor siempre disfrutaba al máximo de sus viajes por Yastar a caballo. Pero esta vez fue diferente. Una sensación de inquietud le atormentaba y no le dejaba deleitarse de la marcha. En un momento dado, la capa se le cayó al suelo. Alastor tiró de las riendas para parar a Lars y desmontó. Ahora la sensación de inquietud se hizo más grande. Iba ocupando sitio en su corazón y no lo dejaba respirar. Se agachó a por la capa y en ese momento un temblor más fuerte que los anteriores sacudió la tierra y… abrió una brecha justo debajo de él. Tropezó y se cayó en la abertura. Intentó agarrarse a los lados pero las manos le resbalaron. Notó como caía y conforme se hundía en la grieta la sensación de inquietud que le había atenazado durante el trayecto se iba desvaneciendo. Cayó y cayó durante unos segundos que le parecieron eternos y de repente se quedó sin respiración al chocar contra una plataforma de piedra que allí había, miró abajo y lo que vio lo dejó pasmado;

Nada. En vez de un río de lava o algo por el estilo lo que había ahí (más bien lo que no había) era más aterrador que conocer a la muerte en persona. En esa “nada” aparecían y desaparecían levemente los rostros de criaturas inimaginables pero que Alastor conocía muy bien. Era una mezcla de baldurkos y de medo ‘enkos que se entrelazaban formando figuras aún más monstruosas de lo que por naturaleza ya eran. Espantado, se levantó de un salto pero con un quejido se volvió a sentar con la espalda apoyada en el frío muro. Un dolor lacerante nublaba sus sentidos y le indicaba que tenía una (o dos) costillas rotas. Se desesperó. No podía subir a causa del dolor y notaba que esa cosa que fuese aquello se iba acercando más y más. Percepción. Perspicacia. Intuición. No sabía que, pero algo de eso era. Daba igual. De alguna manera lo sabía. Se levantó con un gemido e intentó escalar la pared rocosa con el fin de llegar arriba, montar en Lars, salir corriendo de allí y recuperarse en su campamento. Pero nada más levantarse, se cayó otra vez con un dolor insoportable en el costado. No había escapatoria. Era su fin. No podría liderar el ataque a Enevia con su pueblo ni con Barastar. ¡Barastar! ¡Cómo no había caído antes! Antes de partir, Alastor había visto el extremo de una cuerda dorada sobresaliendo del macuto y él ya conocía lo duras y resistentes que tenían fama de ser y el macuto pesaba demasiado para sólo llevar comida, agua y una cuerda. Lo comprendió. Barastar debía de haber puesto un lanzador para situaciones como esas y se apuntó de agradecerle ese detalle a Barastar. Buscó su macuto, pero, se desesperó aún más, al ver que se había quedado con su caballo arriba. Silbó en un vano intento de llamar la atención de Lars y para su alegría una cabeza equina se asomó y relinchó hacia su amo. Alastor apreció que el caballo estaba aterrado y que quería irse de allí cuanto antes, pero no quería dejar a su dueño solo. La sola presencia del caballo le dio fuerzas para indicarle a su compañero:

-¡Intenta soltar la cuerda!

Lars lo comprendió a la perfección y consiguió hacer caer la cuerda con el lanzador pero desgraciadamente también cayeron la comida, el libro y su yelmo. La cuerda llegó antes y Alastor la dejó a un lado preparado para coger las otras cosas. Consiguió coger el yelmo, pero la comida quedó devorada por las sombras que estaban muy cerca de la plataforma rocosa y el libro se enganchó en el yelmo rasgándose a su vez parte de la hoja donde se había colgado. Se puso el yelmo, se metió el libro en el cinturón y lanzó la cuerda con toda la fuerza que pudo. No fue suficiente. Volvió a tirar. Esta vez consiguió engancharse a un saliente. Como Alastor no podía desengancharla decidió escalar hasta allí y luego escalar sin cuerda en una zona donde había más grietas. Conforme iba escalando, el dolor de las costillas iba a más, cada vez le costaba más subir el brazo para seguir ascendiendo y le daba la sensación de que el libro le pesaba horrores. Cuando por fin llegó al final de la cuerda, se agarró a los agujeros que había en las paredes y lentamente, pero más rápido que la “nada”, subió y subió hasta que llegó a la cima. Allí, se subió lo más rápido posible al caballo, lo espoleó y Lars obedeció sin pensárselo dos veces.

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