Memorias de Yastar (5)

Atravesaron áridos desiertos ardientes donde se quedaron sin agua, frondosos bosques donde las ramas bajas hacían tropezar al caballo y las altas arañaban a Alastor y rasgaban su capa. Si no se detuvieron a coger agua en los numerosos ríos con los que topaban, era porque detectaban el peligro inminente y huían más rápido. También atravesaron ciénagas pantanosas donde tenían que ir a pie, o sea, más despacio y ya para colmo tenían que pasar por la empinada cordillera de Teras para luego marchar durante 2 días y llegar hasta Pelearh, la cuidad tiberiana, y desviarse durante una hora hacia el este para llegar al campamento.
Antigone se aburría allí arriba, yendo de un lugar para otro sin nada más que hacer que otear el horizonte de cuando en cuando. Se paseó por la muralla y miró a través de las palmeras. Lo único que vio fue a un vagabundo, sucio y desaseado, aparentemente hambriento y posiblemente tiberiano por sus desgastadas ropas, que se acercaba al campamento. Fue a avisar a la guardia, pero le dio un vuelco el corazón. Escudriñó mejor entre las palmeras y esta vez estuvo segura. En vez de avisar a los de abajo, bajó ella personalmente:
-¡Antigone! ¡No puedes abandonar tu puesto! ¡ANTIGONE!
Los gritos de Eoko, su compañero de almena, resonaron por todo el campamento pero Antigone no le hizo caso. No cuando se trataba de su maestro. Haciendo caso omiso de las miradas acusadoras de los demás, se dirigió al portón pero Lucius, uno de los generales, se interpuso entre ella y la puerta:
-Eoko tiene razón, Antigone, debes volver a tu zona para seguir vigilando. Cuando Alastor vuelva, se le comentará de esto y te puedo asegurar que no volverás a pisar este lugar-dijo Lucius entre desaprobación y misericordia. Antigone tenía lágrimas en los ojos:
-¡Es que no lo entiendes!-le gritó Antigone-¡Alastor no volverá si no me dejas pasar o si no le abrimos la puerta!-estalló ella entre sollozos. Todos pegaron gritos de asombro. Justo en ese momento, unos débiles golpes sonaron en la puerta a pesar del barullo montado y en ese momento de distracción de Lucius, Antigone lo sorteó y se dirigió rauda a la puerta. La abrió ella, más rápido que los guardias y corrió a socorrer a su maestro. Cuando los demás salieron, ayudaron a Antigone, que arrastraba el cuerpo desfallecido de su señor en dirección a la casa médica, donde residía el único médico del campamento, Justinius.

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