Memorias de Yastar (1)
Memorias de Yastar
Capítulo 1
Capítulo 1
Ya declinaba el
segundo sol en Yastar, cuando una brillante figura montada a caballo se acercó
a Ochar, una magnífica torre formada de árboles y construida por los umeek para
dar asilo a todas las razas de Yastar que luchaban contra el maligno poder de
los baldur, espectros abandonados y olvidados sedientos de sangre y de los medo
‘enk, monstruos llegados del abismo y con una puntería inigualable. En esa
torre residían los umeek, árboles
vivos con miembros como troncos, una
cara de corteza arbórea y poderes curativos; los zaarwan, peces terrestres,
pacíficos pero agresivos en lo que se refería a su territorio y que no
resistían mucho tiempo fuera del agua a causa del resecamiento; los kragnar,
criaturas nacidas del volcán formados de lava y hechos de roca y los tiberius,
humanos sobrenaturales rechazados por su especie a causa de sus poderes mágicos
y sus transformaciones en guerreros con armaduras doradas y brillantes. Alastor
era uno de esos guerreros, más bien era el jefe, y había acudido a esa edificación arbórea para
hablar con Barastar, el jefe de los umeek, sobre temas que podían desbaratar la
paz que había reinado durante dos siglos en Yastar cuando los tiberius habían
mandado a los baldur y a los medo ‘enk al la sima de donde había venido. Aún
así, desde hacía diez años aproximadamente unos extraños temblores sacudían
Yastar de cuando en cuando haciendo que las casas tiberianas se desmoronasen,
las cabañas umeenkas se derribasen, los pequeños volcanes kragnaranos se
abriesen por la mitad y que se hiciesen brechas en los cimientos de las
ciudades marinas. Y, para colmo, cada día iba a más. Cuando Alastor llegó a la
escalinata que subía al vestíbulo se
percató de que Barastar estaba junto a él. No se inmutó, pues ya conocía el
extraño poder que tenía Barastar de aparecer y desaparecer a conciencia, al
haber tratado con él otras veces.
-Vienes serio-comentó Barastar-¿Pasa algo?
-Sí-afirmó Alastor con un seco cabeceo-Algo más grave de lo que
crees.
-¡Pero no es un buen
lugar para hablar de cosas tan serias!-Exclamó con un brusco cambio de
humor-¿Puedo pasar?
Y sin esperar a que Barastar le dijera nada, Alastor se coló en
el vestíbulo dejando a Barastar con la palabra en la boca. Suspiró para sus
adentros. Alastor se comportaba de esa manera siempre que estaba nervioso y
Barastar no se lo reprochaba, pues a él le pasaba algo parecido. Sacudió la
cabeza y dejó a un lado esos pensamientos para seguir a su amigo por la
escalera de caracol hacia un gran salón de techo aterciopelado y paredes
forradas de color amarillo. La sala
tenía una chimenea que gracias a un sencillo hechizo de agua de los zaarwan no
quemaba el resto de la torre. Luego también había varios sillones rellenos de
vilanos y forrados con grandes hojas de banano, una mesa hecha de
sabina y grandes ventanas para poder admirar el paisaje que
formaba la piscina natural para los zaarwan, los grandes árboles que rodeaban
la laguna, los verdes campos con amapolas y vilanos con la gran extensión de
árboles y plantas que enfrente tenían la playa y el mar con unos acantilados a
lo lejos. A Barastar siempre le había gustado mirar por esos ventanales y
contemplar las buenas vistas que desde allí arriba había y, que, a menos que
los baldur y los medo ‘enk lo arrasasen en el fin del mundo, nada iba a acabar
con ese panorama. Barastar lo defendería hasta la muerte. Alastor se apoyó en
su hombro sacándolo de su ensimismamiento y dijo otra vez serio pero amigable:
-¿Dónde crees que es
el mejor lugar para hablar sin interrupciones y tranquilos?
-En la biblioteca,
donde hay silencio, un juego de akem (una bebida relajante de los umeek) y
nadie nos interrumpirá, pues todos están en el comedor de abajo-Respondió
seguro-Además, tendremos tiempo de hablar de tus preocupaciones pero también de
mis dudas y temores sobre el imperio maligno que empieza a aflorar más allá de
las montañas Shumak, cerca de los ríos del Mal en el castillo de Enevia donde mora el rey de los baldur,
Fester.
Circynus
Circynus