Memorias de Yastar (8)
-¿Quieres
quedarte aquí? Puedo ir yo sola y tú vas a Hermos-preguntó segura de sí misma.
-No,
no. Lo que pasa es que Pelearh está muy molesto porque voy a ir contigo y no
con alguien de más rango. Tengo miedo de que se rebele y eche a perder nuestros
esfuerzos-dijo preocupado.
-No
te inquietes. Con Selna al mando no pasará nada-le respondió con confianza. O
al menos eso creía ella.
-De
acuerdo. Confío en ti-le reveló con seguridad-Vámonos ya. El tiempo apremia.
Salieron
de la casa y se dirigieron al portón para ir por el camino más corto a las
Montañas Scrofa pasando por la Cordillera de Dezaro y cruzando el Pantano de la
Tristeza. Aún por el calor que desprendían las piedras de las Montañas Scrofa y
lo áridas que eran esas colladas, a Lars era el lugar que más le gustaba y
Alastor estaba casi seguro que él estaría allí. Para llegar a aquel lugar
tendrían que pasar por la Cordillera de Dezaro que se componía de una enorme
cadena de riscos que cercaban el Pantano de la Tristeza hecho de piedras
afiladas y laderas empinadas. El pantano era un bosque de copas tupidas que no
dejaba que la luz del sol pasara haciendo que el lugar pareciese más lúgubre.
La angustia que los caminantes experimentaban al ver tal paisaje los hacían
pensar en cosas dolientes que les hacía perder la esperanza y en ese momento el
pantano se los tragaba lentamente. Sin ayuda no se podía salir del pantano a
menos que tu compañero te recordara cosas felices. Con esos pensamientos tan
sombríos cruzó Alastor el umbral del portón montado en su otro caballo Midir,
en dirección a su destino. Antigone tampoco estaba mejor. Tenía en mal
presentimiento con Pelearh, pero como había otras cosas más importantes en las
que pensar se obligó a sí misma a cavilar en otra cosa. Por ejemplo en el
camino a seguir. Ella iba la primera, pues tenía más experiencia de caminante y
Alastor iba a su lado, absorto en sus pensamientos. Al cabo de un rato,
Antigone paró su caballo y Alastor con ella. Ante ellos se elevaba la
Cordillera de Dezaro, desafiante. Estuvieron un buen rato yendo de aquí para
allá, buscando un camino oculto. Palpaban las paredes, daban golpecitos, e
incluso en momentos de desesperación, utilizaban su poder del fuego para
intentar abrir boquetes en la roca con tal de no escalar semejante pedazo de
montaña. Pero nada. Cuando el primer sol se escondía en el este, distinguieron
a lo lejos una cueva suficiente grande para que ellos y sus caballos pudiesen
resguardarse de los inminentes peligros de la noche. Antigone espoleó con
fuerza a su caballo y este salió raudo hacia ella con Alastor pisándole los
talones. Lo cierto es que se sentía un poco rara al guiar a su maestro, y eso
le hacía tener dudas, ya que si no iban por el camino correcto, cargaría con el
peso de la culpa, pues cada segundo era precioso. Llegaron a la caverna cuando
las estrellas brillaban en el cielo y la luna estaba llena, luciendo todo su
esplendor. En el marco de la entrada había unas runas que parecían brillar con
un resplandor…
-Lunar-dijo
Antigone.
-¿Perdón?-preguntó
Alastor, que la acababa de alcanzar.
-Me
refiero-explicó ella-A que esos símbolos sólo se ven con la luna. Por eso
tienen ese brillo tan extraño. Mira-indicó mientras levantaba la mano. Cuando
puso la mano delante de las runas del principio del texto, éstas desaparecieron
como si nunca hubieran estado-Y por lo visto-prosiguió-Un conjuro las protege.
Por eso no podíamos verlas cuando vimos la cueva ¿Sabes lo que pone?-preguntó
de inmediato. Alastor asintió casi imperceptiblemente y empezó a traducir:
-Aquí
moran criaturas inimaginables, acechan monstruos de las profundidades y hay
maldiciones a rebosar. Todo el que entre aquí tendrá que venir bien preparado.
En el camino no solo habrá trampas sino también muestras de los locos que se
atrevieron a entrar.
Un
escalofrío recorrió la espalda de Alastor y no exactamente a causa del frío.
Por su cara, dedujo que ha Antigone le pasaba lo mismo.
-Sabrás
que nos dirigimos hacia una trampa mortal ¿No?-preguntó Antigone intentando
hacerle cambiar de opinión en el último momento.
Alastor
asintió sombrío:
-Exactamente.
Pero es la única forma de derrotar al mal que acecha nuestro magnífico reino-Y
con esas palabras entró en la cueva con una insegura Antigone a sus espaldas.
Les esperaba una ardua noche.
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