El ladrón de almas
Londres siempre ha sido, es y será una ciudad lluviosa. Ya sea invierno o verano, las aguas atacan sus ciudades y encharcan sus calles. En un día igual que otro, con espesos nubarrones y una constante llovizna, una silueta femenina se apresura a buscar refugio en los escasos bares de la avenida, dejando atrás el repiqueteo de las gotas. Calada hasta los huesos y con un frío invernal, cuelga el llamativo abrigo rojo en el perchero del establecimiento y se acerca a la barra para tomar algo caliente. Junto a ella, con una copa de vino en la mano, se sitúa un hombre vestido completamente de negro, con un sombrero de ala tapándole el rostro. Tiene el cuello medio descubierto y en él se aprecia un extraño tatuaje, una especie de rosa de los vientos con un aspecto tenebroso. Ella hace caso omiso del personaje y pide una infusión humeante. Disfrutando del cálido y aromático líquido, se queda sentada un buen rato, advirtiendo intranquila que el hombre de negro no se mueve en ningún momento...