Memorias de Yastar (3)
-Lo
siento-consiguió decir Barastar aunque apenas fue un susurro inaudible-No tenía
ni idea-añadió con voz ronca.
-Ese
día juré que vengaría su muerte y que mataría y desterraría a los baldur para
siempre-le respondió Alastor con voz seca-Para eso estoy aquí, para pedirte que
tú y tu pueblo os unáis a mi causa para recuperar la paz de antaño. Antes de
venir aquí, acudí a dialogar con los jefes de los pueblos libres restantes y a
contarles todo lo que te he contado a ti. Todos han decidido ir a la guerra con
los tiberius como bandera y así conseguir que los pueblos oscuros nos dejen
vivir tranquilos. Sólo faltáis vosotros. Cuando acabemos esta conversación, yo
iré a mi campamento a reclutar a todo el que pueda manejar un arma y mandaré a
mis generales a buscar a todos los soldados tiberianos. Tienes tiempo para
meditar hasta dentro de siete lunas y acudir con tu gente al acantilado Hermos
al ocaso del octavo sol, al límite de las montañas Shumak para luego remontar
los ríos de lava y asaltar Enevia donde lucharemos contra Fester. Por supuesto
no será todo tan fácil, pues entre los temblores sísmicos, los baldur y los
medo‘enk va a ser una empresa peligrosa y de ella no puedo asegurar ningún
éxito.
Barastar
parecía meditar:
-Iré-terminó
por decir, y un brillo febril apareció en la mirada de Alastor-Pero con una
condición-su rostro se ensombreció-Mi pueblo irá a las armas solamente si no
obligas ni a las mujeres ni a los menores de quince años a ir.
-¡Pero
no me puedes pedir eso! ¡Necesitamos todas las manos posibles!-exclamó
-Pero
si nosotros fallamos aún habrá esperanzas para los que se queden. Ellos
crecerán, tendrán descendientes. Si les obligamos a ir nos será casi imposible
regenerarnos si fracasamos en la misión.-dijo tranquilamente. La paciencia era
una de las grandes virtudes de los umeek.
Alastor
caviló y un poco después asintió:
-Tienes
razón. Me he dejado llevar por el nerviosismo. Lo siento, pero es que llevo
todo el día en tensión. Desde que mi hijo se enteró, quiere ir y no le consigo
convencer de lo contrario.
-Eso
déjalo en mis manos-le respondió Barastar en un tono enigmático-Bueno-dijo
cambiando de tema-creo que entre lo que has dicho tú y lo que hemos decidido,
por mi parte ya hemos hablado de todo.
-Totalmente
de acuerdo, pero…Me gustaría preguntarte una cosa, un detalle: ¿Por qué
construisteis la biblioteca justo aquí arriba? Es sólo por curiosidad-aclaró.
-Aunque
yo no la construí, mi abuelo me dijo el por qué; Aquí arriba guardamos
historias, documentos, etc… y en caso de asalto aquí tardarían más en llegar y
podríamos o bien defenderla o bien escapar en pájaros tenas con los libros más
importantes.
Alastor
sabía que había mucho más detrás de esa vaga explicación, pero no expresó en
voz alta sus pensamientos y se limitó a mirar a los ojos a Barastar quizás para
intentar leer la verdad en sus ojos o a lo mejor para intimidarle a contar el
relato entero y al final rompió el contacto visual e hizo ademán de dirigirse a
la salida pero Barastar lo retuvo por el brazo:
-Después,
si todo acaba te contaré todo pero tendrás que tener paciencia. Iremos a la
guerra con los tiberius por bandera. Porque estoy seguro, amigo, que cumplirás
el trato.
Alastor
se emocionó tanto que estuvo a punto de abrazarle de alegría pero se contuvo.
En su academia tenían que ser serios. Era una de las reglas principales.
Barastar hizo ademán de irse, pero al no ver a Alastor moverse, le miró
interrogante.
-Baja
tú. Creo que necesito otra taza de akem.
Barastar
se encogió de hombros y se alejó. Alastor se apresuró a introducirse en la
biblioteca y volver a la estantería donde había hallado el libro de “Memorias
de Yastar” y esconderlo bien en uno de los pliegues de la capa. Después de
mirarse al espejo que había cerca de los sillones y comprobar que el libro no
se le iba a caer, volvió a la escalera que conducía al vestíbulo. Relajados y
tranquilos, se reencontraron en el vestíbulo, donde le esperaban su casco y su
capa con unas provisiones para el viaje:
-Muchas
gracias por tu charla-indicó Alastor y Barastar hizo un gesto con la mano
quitándole importancia:
-Entre
amigos, no.
Alastor
se montó en Lars, su caballo, no sin antes sonreír de satisfacción. Cuando ya
iba a galope, Barastar gritó, sin saber si le iba a oír:
-¡Nos
vemos en el acantilado Hermos!
Para
su sorpresa, Alastor levantó el pulgar en señal de conformidad. Barastar entró
en Ochar. Tenían que preparar sus tropas.
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