Memorias de Yastar (2)
Alastor lo aprobó con un mudo asentimiento. Juntos se dirigieron a la escalera de caracol para ascender a la cúspide de la torre donde estaba la biblioteca, y el por qué la habían colocado allí, Alastor lo ignoraba. Cuando la alcanzaron, por muy guerrero que fuese, Alastor llegó resoplando, pues la torre era tan alta que parecía que los umeek querían haber llegado al cielo con la punta. Cuando abrieron los portones de troncos de caoba, incluso Barastar, que llevaba mucho tiempo allí, ambos se quedaron mudos de asombro (Barastar un poco menos) al ver la increíble altura que tenía el techo y lo grande y amplia que era esa habitación. Alastor se paseó entre los inmensos y largos pasillos viendo títulos y hojeando algún libro pero hubo uno que le llamó la atención, normal en apariencia pero fijándose bien uno se daba cuenta de que sus páginas tenían varios siglos de antigüedad aunque el título no llamaría tanto la atención a una criatura normal pero para Alastor, que había sufrido mucho a causa de los baldur y de los medo ‘enk, y que tenía sabiduría y experiencia en su mente y en su corazón, un título tan obvio se le podía pasar inadvertido pero él buscaba información de ese tipo desde hacía tiempo y se fijó en él. Lo sacó de la estantería con sumo cuidado y apartó el polvo: “Memorias de Yastar”.Lo abrió lentamente por una página al azar:
“…Hace tiempo, más
tiempo del que ninguno podría recordar, los baldur y los medo ‘enk tenían un
alma amable y noble. En vez de pelear contra nosotros y destruir todo lo
encontraban a su paso, nos ayudaban al igual que nosotros les ayudábamos a ellos…
Pero un día, Salem, el rey de los baldur, trabajando, encontró una bola de
cristal que irradiaba una extraña luz morada-negruzca que implantó en su
corazón una pequeña llama de maldad y codicia que fue creciendo conforme el rey
baldurko poseía esa extraña esfera. Poca de su gente se daba cuenta del maligno
poder que anidaba en su corazón y toda la que se percató de esa terrible
enfermedad se sometía al poderío de la esfera y se volvía como su rey. Al
final, no quedaba ningún baldurko o medo ‘enko que pudiese alertar a los otros
pueblos no sometidos del oscuro poder que se cernía sobre ellos. Volviendo a
los días gloriosos de paz con los baldurkos y con los medo ‘enkos sólo había
una forma de volver a transformarlos en
lo que eran…” Justo en ese momento, llegó Barastar:
-Nadie puede llevarse libros-dijo con una voz extraña-Está
prohibido-dijo después con un tono peligroso en su voz.
Alastor se apresuró a dejar cuidadosamente el libro donde y como
lo había encontrado y aligeró el paso para alcanzar a Barastar a un lugar
alejado, donde estaba el juego de akem. Cuando lo alcanzó, intentó decir algo
para calmar el ambiente pero no se le ocurrió nada que decir. La tensión era
palpable. Cuando llegaron, Alastor se sentó en un mullido sillón, enfrente de
Barastar y se sirvió un poco de akem. Al beber se sintió relajadísimo y estuvo
a punto de tumbarse y echarse a dormir pero se contuvo y miró fijamente a
Barastar. Éste no dijo nada en señal de que quería que empezase Alastor. Él lo
comprendió y empezó a relatar:
-Era un día como cualquier otro. Nuestros alumnos se entrenaban,
los generales daban clases, las patrullas iban y venían de Osken, el territorio
de los baldur. Hasta que una de esas patrullas no volvió, bueno… sí, sólo
volvió uno de los soldados. Y al borde de la muerte, sin armadura y sin
montura. Llamó a la puerta. Yo mismo le abrí, pues le había visto venir desde
las almenas. Y dijo entre murmullos aterrorizados y quejidos “…río de
lava…Fester…ataque…”Y murió allí, ante mis pies-musitó con tristeza-lo llevamos
a una cámara y lo incineramos como a un rey. El mejor alumno que tuve…-acabó
dejando la frase en el aire. Sin percatarse de que le habían salido lágrimas de
los ojos miró a Barastar y vio que tenía los ojos húmedos.
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