Memorias de Yastar (6)

 El cielo estaba negro, la tierra, yerma y arrasada, presentando una imagen terrorífica. Miles de estacas con cabezas de los pueblos libres pinchadas en ellas con la suya al principio de todo y a sus lados Barastar, Karadaan, el rey marino y Alruk, el rey de los fuegos. Cuando se intentó acercar, la imagen se desvaneció y apareció en un sitio negro donde no existía ni el tiempo ni el espacio. No sabía dónde era arriba y dónde era abajo. Vio una frágil luz a lo lejos e intentó ir hacia lo que él creía que era delante. La luz se intensificó pero vio que no se estaba acercando sino que se estaba alejando. La imagen de las cabezas cortadas volvió y distinguió la cabeza de su hijo justo detrás de la suya. También vio a todos sus alumnos y compañeros de la academia. Antigone, Lucius, Eoko, Justinius,… Todos estaban allí…muertos. Volvió a aparecer en el sitio oscuro, pero esta vez, más cerca de la luminosidad. Distinguió unos ojos azules oscuros casi negros que lo miraban y pensó:
“¿Antigone? Entonces… ¿No estoy muerto? ¿O es una alucinación? ¿Es real?”
En mitad de esos pensamientos, escuchó una voz susurrante que decía:
Alastor… Alastor… ” “Abre los ojos, Alastor, estoy aquí. Soy real”.
-¿Antigone? ¿Eres tú?-musitó Alastor.
-Sí, soy yo. Abre los ojos-dijo su alumna. Alastor abrió los ojos, aunque tardó en acostumbrarse a la luz que había en esa estancia. Miró a su alrededor y por todas las estanterías llenas de potingues y las paredes redondeadas entendió que estaban en el médico:
-¿Dónde estamos?-le preguntó para asegurarse.
-En mi casa-respondió y entonces Alastor reparó en que ella tenía ojeras de no haber dormido durante varias noches.
-¿Cuánto tiempo llevas sin dormir?-indagó Alastor.

-El mismo que tú llevas inconsciente. Cuatro días. El día que tú llegaste, te llevamos a Justinius para que te curase. Cuando ya estuviste mejor, quise que te trajeran aquí. Te quería cuidar yo. Durante tu tiempo de inconsciencia, murmurabas algo así como: “Tengo que llegar, tengo que llegar” o ponías mala cara y empezabas a llorar. Había veces que hacías como si andabas, y a veces corrías. Te tapabas los ojos o murmurabas maldiciones. En todo este tiempo he estado junto a ti. No quiero perderte. Eres mi maestro.

-¡No puede ser! ¡Dentro de tres días tenemos que estar en Hermos!-casi gritó él medio olvidándose de lo que había ella dicho al final. Intentó levantarse, pero Antigone lo retuvo y lo volvió a tumbar en el cómodo y mullido camastro.

-Nos hemos ido preparando mientras tú estabas en tu estado de inconsciencia-informó en tono acusador-Los soldados y los jinetes están listos para partir a una señal tuya y te seguirán a donde sea. Tú eres su símbolo de paz, su símbolo de guerra. Tú eres el símbolo que nos llevará a la victoria-dijo con voz segura. Alastor dudó. Tras unos breves instantes de vacilación, procedió a contarle con pelos y señales a Antigone todo lo que le había pasado en su viaje desde Ochar hasta el campamento.

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