Memorias de Yastar (7)

 Al terminar de relatar, calló en un silencio significativo dándole tiempo para reflexionar sobre lo que le había narrado. Mientras se lo contaba, Antigone iba asintiendo con la cabeza o hacía pequeñas interrupciones para confirmar algunas dudas.

-¿Tienes algo de comer? Es que me muero de hambre-preguntó súbitamente Alastor.

-¡Hala! Ya sabía yo que me olvidaba de algo-exclamó ella dándose un golpe en la frente.

-¡Eh! ¡Que no es para tanto!-le gritó con un arranque de cariño cuando ya desaparecía por la puerta-No hacía falta-musitó poco después cohibido por tanta hospitalidad y empezó a engullir a toda velocidad los charam con moloss, comida popular en todo el territorio tiberiano. El charam era un animal autóctono de allí y el moloss era una salsa rica en vitaminas y con estimulantes naturales hecha con dos de las plantas más abundantes en el país: la estriide y el grom.

-¡Para, para, o te atragantarás!-dijo entre risas Antigone. Ella tenía una curiosa capacidad para contagiar su buen humor gracias a la poca sangre de umeek que había tenido su abuelo y hacía que su risa fuera como una agradable cascada en un riachuelo cristalino. No sólo eso, sino que además mostraba hacía Alastor un cariño y simpatía inusual en una alumna pero que éste no le reprochaba. Le gustaba. Le ayudaba a soportar los ratos de tensión que le provocaba la organización de las tropas para la batalla final, que tendría el voto de decidir quien ganaba la guerra y quien se llevaba la paz. Conforme esos pensamientos iban ganando terreno en su mente una imagen se formaba en un recoveco de su cabeza. Alastor visualizó un libro, viejo y raído y de repente se acordó.

-¡El libro!-casi gritó y Antigone casi se desmayó del susto-¿¡Donde está!?-preguntó asustado.

Antigone, ya recuperada del sobresalto le rebatió:

-¿Qué libro?-inquirió. Alastor se desesperó.

-¡Pues el libro que llevaba cuando llegué!-exclamó al borde del llanto.

-¡No llevabas ningún libro cuando te vi!-le gritó Antigone molesta con tanto griterío.

Alastor, intentando serenarse, dijo:

-Probemos a tranquilizarnos.

-Vale-accedió ella compungida por ver tan triste a su maestro

-Vamos a ver, ¿Qué libro era ese?-indagó impaciente por aventuras y misterios.

-Si te lo digo, me tienes que prometer que no se lo vas a decir a nadie-dijo, y prosiguió tras el asentimiento de Antigone-Lo cogí de la biblioteca de Barastar, el soberano de los umeek, que aunque ya sé que está prohibido, contiene una cosa que nos ayudaría totalmente en la guerra-se apresuró a añadir ante los desorbitados ojos de Antigone.

-¿Qué es? ¿Una superarma que hay que buscar en el desierto? ¿O un objeto que provoca terremotos y que se encuentra en la cumbre de la montaña más alta?-interrumpió ella ansiosa.

-Yo también lo medité al principio, pero no creo que sea eso-respondió enigmático Alastor-La respuesta está en ese libro y si cae en manos de indeseables podría desbaratar nuestros futuros planes ¿Recuerdas que te he contado que me caí en la sima y que salí gracias a la cuerda que me dio Barastar? Bien, pues poco antes de llegar arriba del todo sentí que todavía lo tenía y luego a causa del cansancio el resto del viaje lo pasé en modo vigilia y sólo me recuperé un poco cuando unos bandidos zaarwanos me tiraron del caballo y aunque ellos murieron resecos por haberme seguido la mayor parte de mi trayecto, mi caballo escapó y ahora debe de ser salvaje-dijo él apenado por la pérdida de su mejor caballo-¡Pero él tenía el macuto con la capa, el casco y el libro!-exclamó acordándose y lanzó una maldición por lo bajo-Antigone, prepara una bolsa con comida, agua y mantas para un viaje de dos días, coge el segundo corcel más rápido que tengamos y un par de palos para caminar-ordenó Alastor-Yo ahora vuelvo.

Salió del hogar de Antigone y se encaminó hacia las tiendas de los generales. Se dirigió a la de Pelearh pero no le encontró allí. Tampoco Lucius ni Selna estaban en sus respectivos habitáculos, pero con las armas en un rincón, las capas colgadas y los cascos guardados en los armarios, Alastor sabía que no se habían ido. Como ya pensaba, los generales estaban en la sala de reuniones hablando sobre los últimos retoques para la guerra. Cuando Alastor entró en la estancia, todos guardaron silencio en señal de respeto:

-¿Quién ha convocado esta reunión?-preguntó con más dureza de la que pretendía.

-Yo, señor-dijo Lucius con humildad-No sabía que os ibais a recuperar tan pronto. Mi enhorabuena.

Alastor reconoció el cumplido con un movimiento de cabeza:

-Justinius sabe hacer bien su trabajo-dijo él con indiferencia. Reinó un silencio tenso que Alastor interrumpió anunciando, para gran alivio de Lucius:

-Hasta agradezco que la hayas citado. Así os puedo decir una cosa; Antigone y yo vamos a hacer un viaje-sonaron murmullos de reprobación-Llegaremos justos para partir con vosotros hacia Osken si salimos ya.

-¿¡Quééé!?-se indignó Pelearh-¿¡Vas a ir con una alumna que además no debería estar aquí!?-explotó.

-Lo primero-dijo, controlando su furia-Lo que yo haga o deje de hacer no te incumbe- le reprendió poniendo énfasis en las últimas tres palabras-Y lo segundo -siguió en el mismo tono-Yo decidiré a quien expulso de esta academia o quien se queda. A propósito. Durante mi viaje me pensaré si hice bien poniéndote sobre ese puesto. Nos vas ha hacer caer a todos. A, también quería decirte que había pensado que estaría bien que tu llevases mis tropas a Hermos, pero como tu orgullo te lo impide-se dirigió hacia Selna-Tu liderarás el ejército-dijo indiferente a la cara de rabia de Pelearh-Hasta luego-se despidió, y salió de la sala oyendo triunfante los gritos de alegría de Selna. Entró en la vivienda de Antigone y la vio en un taburete intentando llegar a los bastones que tenía en la estantería más alta comiendo polvo y se sobresaltó al verle entrar tan molesto y deprisa. Se sentó en una silla para intentar calmarse, pero se le notaba impaciente y al momento se levantó y se puso a dar vueltas, nervioso. Cuando Antigone se bajó del taburete con los cayados en mano, se fue al vestíbulo a dejarlos al lado de los paquetes de comida y de agua, los cascos y las capas para volver luego y obligar a Alastor a sentarse y a serenarse.

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